¿Quiénes son los pobres?

28 11 2017

Por Adalberto Antúnez

Como el río y el océano

Dos figuras líquidas representan el drama existencial de la humanidad descrito y meditado hondamente por el Papa Francisco en su Carta Apostólica, Misericordia et Misera, lanzada al término del Jubileo de la Misericordia. “Misericordia, esta palabra lo cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo”, decía el Papa[1] en Santa Marta en los comienzos de su pontificado.“Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia”[2], es la frase de San Agustín que inspira a Francisco a redescubrir la mejor forma de describir el encuentro entre Jesús y la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Es posible evitar la lógica binaria a la que estamos acostumbrados los seres humanos: clasificar a las personas en santos y condenados. Francisco pide, más bien, volver la mirada hacia el cuidado del hombre y de todos los hombres y poner la Iglesia en situación de salida y nunca cerrada o excluyente.

Francisco comprende que las distintas formas de violencias no se educan con otras formas de violencia, por ejemplo, la prepotencia, la mezquindad, la diatriba del insulto y las guerras ideológicas que se alejan del Evangelio. Lo propio del Evangelio es el abrazo, la acogida y la paciencia, etc. La identidad del cristiano que ha de ser vivida en el mundo social y político no está definida por las ideologías y los discursos éticos, sino por el encuentro con Jesucristo que impregna todas las acciones y da sentido a la vida.

Jesucristo nació en la plenitud de los tiempos (Gal 4, 4), que aparentemente es incongruente con el contexto histórico en que vivía el pueblo elegido, oprimido bajo el imperio romano. Sin embargo, decía el Papa: “la plenitud de los tiempos no se define desde un punto de vista geopolítico, sino por la presencia en nuestra historia del mismo Dios en persona”[3]. El Papa enumera: opresión, arrogancia, maldad, violencia, odio, guerra, hambre, persecución; en fin, un río de miseria, alimentado por el pecado, parece contradecir la plenitud de los tiempos realizada por Cristo, pero este río en crecida nada puede con el océano de la misericordia que inunda nuestro mundo[4]. El misterio de la encarnación nos muestra el verdadero rostro de Dios, para quien el poder no significa fuerza y destrucción, sino amor; la justicia no significa venganza, sino misericordia[5].

¿Quiénes son los pobres?

Una pregunta que no es redundante siempre y cuando confrontamos con las enseñanzas del Evangelio y el punto de vista sociológico sobre la pobreza en el mundo. La palabra pobre en la Sagrada Escritura tiene un significado análogo, es decir, no tiene un significado muy estricto. La Biblia usa varias palabras para referirse a los pobres y los términos más comunes son: ras (el indigente), dal (el flaco, adelgazado por el hambre o la enfermedad), ebyon (el mendigo insatisfecho) y ani o anav (anavim, plural) que señala al ser humano abajado y afligido, al oprimido, al humilde. En el griego estos términos se traducen como ptokhos (indigente), penes (pobre, necesitado), aunque en el caso de ani o anav traduce como praus (manso, sosegado) o tapeinos (humilde).

De todo este recorrido encontramos dos conceptos de pobre, distintos entre sí, pero profundamente entrelazados:

Dal (hebreo), ptokhos (griego). Es el necesitado, aquel que sufre la miseria, la injusticia y la marginación. Es el pobre social (marginado) y el pobre económico (indigente). Ani, anav (hebreo), praus, tapeinos (griego). Es el humilde, el que reconoce su necesidad, el que mantiene la esperanza en medio de su necesidad, el que confía en Dios y espera en él. Está profundamente relacionado con el concepto de justicia, del justo, agradable a Dios. Ambos conceptos no se excluyen, sino que son dos miradas a los pobres, desde dos lógicas distintas. La primera mira al pobre desde su marginalidad y la situación injusta que vive. La segunda, desde su humildad y confianza[6].

Ciertamente en el mundo bíblico, los pobres son encarnados por tres personajes típicos: El huérfano, la viuda y el extranjero. Estos tres tipos de personas vivían la realidad de la pobreza con toda su crudeza, por motivos distintos. Durante la ocupación romana, esta marginación se hizo más aguda y se extendía a todos los que colaboraban con el invasor (por ejemplo, los recaudadores de impuestos). En estos tres personajes se concretiza toda la realidad de la miseria, la pobreza y la marginalidad en los tiempos bíblicos. Es a ellos y a la realidad que representan que se refieren los términos arriba descritos. De ello podemos sacar ya una enseñanza: Los pobres son personas concretas, de carne y hueso, y no una idea o justificación teórica para actuar de una u otra forma.

En suma, los pobres para Jesús tienen ciertos grados y matices, no significa una sola cosa, sino un conjunto de cosas: anawin puede ser “el leproso”, “el enfermo” en general, “la viuda”, que ha quedado sola, “la adultera”, “el extranjero”, “el migrante”, “el asaltado”, “el niño”, etc. Anawin es, por consiguiente, una manera de describir distintas formas de exclusión. El tipo de pobreza que vino a vivir Jesús de Nazaret es una pobreza material y, por supuesto, una libertad extraordinaria frente a los bienes materiales. Pero por propia decisión el escoge encarnarse en esa pobreza y los condicionamientos materiales del mundo.

Opción preferencial por los pobres

La opción preferencial por los pobres tiene una importancia capital dentro del Magisterio Social de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II y en general, si somos atentos, desde los orígenes del cristianismo, pasando por los padres y doctores de la Iglesia constatamos que esa opción es parte constitutiva del Evangelio. Juan Pablo II, que escribió como un testamento espiritual al final del Jubileo del año 2000, como un balance general de su propio pontificado, dejando como un legado el documento denominado Novo Millennio Ineunte, el 6 de enero de 2001. En el número 49 de este documento, Juan Pablo II expresa:

Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme» (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia. (NMA, 49).

La recta doctrina es muy importante para la vida cristiana, es realmente un gesto de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Pero la ortodoxia no basta para ser cristiano, es necesaria, pero no es suficiente: Crees a un solo Dios. Estupendo. Pero también los demonios y tiemblan (St 2,20), dice la carta del Apóstol Santiago, porque las certezas racionales de las verdades de la fe no bastan, sin las obras. La Iglesia comprueba su fidelidad al Evangelio, en la fidelidad al dolor de los más pobres, al igual que en la ortodoxia. El Documento de Aparecida, vuelve a enfatizar que esa opción por los más pobres “está implícita de la fe cristológica, en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (DA, 392)

¿Qué es lo que nos enriquece de Jesús?

Su anonadamiento, su humillación, el modo como se acerca a la miseria humana y se compadece de ella. Jesús asumió la miseria humana. Nació en un pesebre físicamente pobre, anunció su Evangelio a los pobres (Lc 4, 18) y abrazó una vida austera con una libertad extraordinaria frente a las riquezas del mundo. En consecuencia, es por eso que la opción preferencial por los pobres, es opcional para Jesús, pero no para el cristiano. Es por eso que el cristianismo viene a ser como una invitación de fidelidad al estilo de vida de Jesús, cada persona lo asume en diversas circunstancias de la vida: como laicos o como consagrados, pero la vocación de seguir a Cristo es igual para todos, implica ante todo una conversión de vida.

Cultura del encuentro

Francisco exhorta a los fieles en su carta: “No pensemos en los pobres como destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia”[7]. Está claro que la asistencia al prójimo es parte esencial de la vida cristiana, lo había advertido Benedicto de XVI en su carta encíclica Deus caritas est, cuando adujo que: “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (DCE, 25). No obstante, si esa caridad simplemente termina en una asistencia-material todo indica que no hubo verdadero encuentro con el prójimo. La caridad va más allá: ha de propiciar un encuentro con el “otro”, ha de propiciar un compartir con el prójimo que en su miseria interpela profundamente mi conciencia sobre la injusticia y actualiza mi adhesión al Evangelio, porque este encuentro es un contacto real con el Jesús sufriente, pues “se toca con la mano la carne de Cristo”, es la misma “confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía”.

He aquí cuando caridad y justicia van de la mano, no se separan, sino se complementan profundamente en una misma sintonía. Por eso el Papa propone como punto de partida de la Cultura del Encuentro, la salida: ir a buscar, “salir de nuestras zonas de residencias”, que es salir de la comodidad que pone barreras al anuncio alegre y gozoso y cierra la puerta a la evangelización. Salir significa crear puentes y no muros al Reino de Dios.

Para que esta salida opere en un sentido existencial—además de lo espacial—necesitamos una predisposición interna (disponibilidad de escuchar al otro, no prejuzgar ni descalificar a las personas por pensar diferente, recuperar el valor del silencio, reconocer el valor de cada persona por la misma dignidad); además, la oración (“el que no ora, cierra la puerta”) y las acciones concretas son los pilares que sostienen esta propuesta del Papa Francisco.

Cristo es misericordia

Algo que no han enseñado los últimos tres pontífices de la Iglesia católica: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco es que la Persona de Jesucristo es irreductible a parámetros doctrinales, a moralismos rígidos que se enmarcan en coherencias lógicas personales; nos enseñan que Jesús es una persona viva que es amor y misericordia, y que camina y obra en la historia de su pueblo.

En este sentido, Benedicto XVI subraya: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE, 1).

Jesucristo no es una doctrina, es una Persona viva y un Acontecimiento; por ello el cristianismo tampoco puede reducirse a un código moral, mucho menos a una ideología que el papa Francisco ha denunciado reiteradas veces[8], como ciertas ideas gnósticas que se viven al interior de la Iglesia y que cierran la puerta a la conversión, por ejemplo:“la mundanidad espiritual”[9], el llamado “neopelagianismo del siglo XXI”, “el relativismo práctico”, el rigorismo o “buenismo destructivo” y otras formas de creencias, muy laxas o muy rígidas, que se alejan del Evangelio y que hace mas difícil la vivencia de la misericordia al interior de la Iglesia.

La prioridad por la Gracia y la Misericordia en Francisco es un movimiento pastoral que nos permiten redescubrir también en el pontificado de Francisco un hilo conductor que algunos teólogos como Rodrigo Guerra denomina Fidelidad creativa[10], ese concepto tan usado por Juan Pablo II, que lo entiende como fidelidad al carisma y, al mismo tiempo, capacidad de innovación, de creatividad, siempre fruto del Espíritu. Esta fidelidad creativa teológica y pastoral nace del amor profundo a las enseñanzas del Vaticano II y caracteriza a los tres últimos pontífices, siguiendo la estela de los grandes protagonistas conciliares: Juan XXIII y Pablo VI, propulsores de esa visión pastoral de la Iglesia y que nos enseñan que Jesucristo no ha venido a condenar el mundo, sino a salvarlo.

Por eso la Misericordia ha de ser motivo de alegría, “porque el corazón se abre a la esperanza de una vida nueva. La alegría del Perdón es difícil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos”[11], nos recuerda el Papa.

Jornada Mundial de los pobres

Cada domingo anterior a Cristo Rey se celebrará en todas partes del mundo la Jornada de los Pobres que no ha de ser un recordatorio, sino acciones concretas: “Hijos míos, no amemos con palabras y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3, 16).

A la luz del Jubileo de las personas socialmente excluidas, escribe el Papa en Miserciordia et Misera:

“mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuí que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la Jornada Mundial de los Pobres. Será la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir de las obras de misericordia (cf. Mt 25,31-46).

El profundo deseo del Papa es que ésta sea una Jornada que ayude a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.

 

 

[1]Papa Francisco, Ángelus, 17 de marzo de 2013.

[2]Francisco, Misericordia et Misera, Carta Apostólica al Concluir el Jubileo extraordinario de la Misericordia, Conferencia Episcopal de Chile. P. 11.

[3] Homilía del Papa Francisco en la Misa de Año nuevo, 2016.

[4] Idem

[5] Cf. Antonio Spadaro sj. La diplomacia de Francisco: La misericordia como proceso político en: Revista Pliego, vida nueva, julio- 2016. p.2.

[6] José Johnson Mardones, Los pobres en la Biblia, en: http://www.geocities.ws/josejohnsonm/pobres.

[7] Papa Francisco, Mensaje del Santo Padre: I Jornada Mundial de los Pobres, 13-06-17.

[8]Homilía de Santa Marta: “Discípulos de Cristo y no es ideología”, 17 de octubre de 2016.

[9] EG, 92

[10] Rodrigo Guerra López, Amoris Laetitia: desarrollo orgánico y fidelidad creativa.

[11] Op. Cit. , 3.

 

Fuente: http://www.semanarioencuentro.com/jornada-mundial-de-los-pobres-y-cultura-del-encuentro/

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